Me encanta Buenos Aires. Sus calles con historia, mis historias en sus calles. Su gente, porteña o extranjera, que pinta el paisaje de la diversidad. Las panaderías autoservicio, las parrillitas polémicas y las tardes de after office para paliar la hora pico. Las opciones diversas para comer, los balconcitos de San Telmo, las caminatas hasta Balvanera y Congreso.
Me encanta ir a Buenos Aires, perderme entre sus peatones, que los conductores cedan el paso. Me relaja ir en bondi a Buenos Aires: apreciar desde cierta altura los contrastes, el calorcito incubador de las calefacciones y relojear las conversaciones virtuales de los pasajeros.
Me encanta pasear por Buenos Aires: el Mercado de San Telmo, la Casa Mínima, las galerías con antigüedades y los conventillos ahora turísticos. Las resacas que se curaban con un jugo de naranja y una tortilla a la parrilla.
Me molesta Buenos Aires. La indiferencia ante lo subjetivo en la multitud, sus vereditas de un solo carril, el ruido constante, la proliferación de las franquicias por sobre lo local, el hambre de la gente que vive de los desperdicios, el olor a pis cada diez metros.
Me molesta ir a Buenos Aires: la aglomeración de vehículos, la contaminación visual, los cielos de autopista. Me molesta viajar en bondi a Buenos Aires: las filas eternas, el olor a cuerpo humano potenciado por el calor de la calefacción.
Me incomoda San Telmo y las calles de los llantos, los enojos y los hitos determinantes: el barcito de Chile, enfrente de Molière; la calle Defensa hasta Plaza de Mayo; el kiosco de Independencia y Paseo Colón.
Siempre vuelvo a Buenos Aires: viendo por la ventanilla del bondi o usando el Telepase. Me pierdo entre sus peatones, camino calles que a veces prefiero evitar y observo sus constantes y sus variables. Algunas cambian. Otras no.
