Habían pasado algunos minutos de las tres de la tarde y el día ya se sentía eterno. Lechuza había querido que la contemple comer a las 5 de la mañana. Tenía que llegar temprano a la oficina asíque me entregué a empezar el día antes de que la alarma prevista lo indique. Deslicé alguna maldición porque el comedor estaba helado en comparación con la incubadora que era mi cama. La actividad laboral tenía un código de vestimenta formal/sobrio, por lo que decidí estrenar un pantalón negro y reflotar unas botas que compré en pandemia pero sólo habían pisado la calle cuatro o cinco veces. Mi obsesión por planificar escenarios esperables e imprevistos me habían preparado para sobrevivir a este martes, o al menos yo lo creía así.
Antes de salir de casa amague a llevar unas zapatillas para contar con alguna comodidad después del mediodía, pero en el camino al Placard me puse perfume y, sin dudas, ahí cambió mi suerte.
Para las 12 ya había dicho buen día al menos 90 veces, gracias por venir otras 64, me había tomado tres cafés, dos de ellos cortados y empecé a recriminarme no haber agarrado las zapatillas .
El almuerzo transcurrió sin datos memorables, las obligaciones laborales ya tenían que ver con otro universo que no requería botas y mis pies a la par de mi cabeza no me lo permitian olvidar. Mi único objetivo en este punto era estar libre antes de las tres para llegar a tiempo al jardín. Cuando llamé el ascensor para bajar los diez pisos que me separaban de la salida advertí que estaba en tiempo de descuento. Salí con el saco colgando en el antebrazo sacando la llave del auto del porta celular que no portaba ningún celular porque lo tenía atornillado a la otra mano. Los pies empinados latían en las Paruolo puntiagudas más rápido que mis pulsaciones. Llegué a la esquina de 55 y 14 cuando misteriosamente ningún vehículo transitaba asíque, sin bajar la velocidad de mi embestida me dispuse a cruzar. De repente me sentí levitar, por alguna milésima de segundo intenté sobreponerme a mi destino pero el cuerpo ya estaba dispuesto a desplomarse perfectamente estirado en el suelo en el medio de la calle. No hubo cámaras lentas, no hubo aleteos. No solté el teléfono ni voló el saco del antebrazo. Mi masa corporal y los objetos que poseía fuimos un bloque inseparable. Durante un instante esperé alguna mano que me abduzca del suelo pero no llego, asíque de un salto Yogui volví a la verticalidad. Deslicé una mirada panorámica para detectar posibles testigos del bluper antes de chequear el estado de mis bienes materiales e integridad física. Un borde inferior del teléfono quedó casi tan estallado como mi codo izquierdo pero mucho menos que la rodilla derecha a la que se le adhirió con sangre la tela sintética del pantalón estrenado apto aterrizajes.
Aquí está la cuestión con la moda y las temporadas. Una vez más la física y las matemáticas que tanto temor me dan indican que a mayor velocidad de vuelo de una botamanga de ancho superior a una bota empinada en punta, más probabilidades de quedar tendida en el suelo cumpliendo el karma de mezclar temporadas.
