lunes, 12 de octubre de 2026

El día de mi madrastra

 Durante mucho tiempo sentí culpa de mis sentimientos. También de la conciencia de los hechos. Alguna parte de mí creyó que darle un lugar a ella era negar a mi propia madre. Tampoco es que la cultura cinematográfica de los 90 haya construido una imagen demasiado amable de las madrastras.

Pero ella estuvo ahí. Para llevarme al pediatra, hacerme la comida, comprarme ropa, llevarme a la escuela y, los sábados, al centro a mirar vidrieras para terminar en Pumper Nic. También fue quien, durante muchos años, me acompañó a comprar el regalo del Día de la Madre para mi propia madre. Sin ninguna obligación legal ni biológica, asumió un rol fundamental en mi vida desde que tengo uso de razón.

No todo fue color de rosas en nuestra historia. Sin embargo, hoy, a mis 40 años y a casi una década de la muerte de mi padre, ella sigue ahí.

Nunca la llamé mamá, pero mi hija le dice abuela. De ella heredé gustos y hábitos que disfruto; en muchos de sus rasgos, también me reconozco. Sé que ella se siente mi madre porque, aunque no me haya gestado, de alguna manera lo ha sido.



Todavía la llamo para ir a mirar vidrieras, para tomar decisiones y para pedir apoyo cuando las cosas se ponen oscuras. Ella, por su parte, me reclama mis distancias y mis desapariciones, como lo hace con su propia hija.

Ahora que transito mi propia maternidad, puedo dimensionar lo difícil que debe haber sido estar en sus zapatos y construir un vínculo conmigo. Un vínculo que no siempre le habré hecho fácil y en el que, como tantas veces nos pasa a las hijas, seguramente di por sentado mucho más de lo que supe agradecer.

Desde hace más de dos décadas, el Día de la Madre me deja un gusto amargo. Pero este año voy a celebrar su existencia. Porque, aunque perdí a mi madre biológica, la vida me regaló una incondicional. Y sería injusto no reconocer que gran parte de lo que soy también se lo debo a ella.

Ojalá todos tengan una Silvia en sus vidas.