miércoles, 30 de septiembre de 2026

Manual para ser deseable

Un día lo hice. Elegí un par de fotos con la conciencia de generar algún tipo de impacto casual: un retrato y el cuerpo entero en la playa. Seleccioné la formación de grado y posgrado y las preferencias vinculares. Puse un signo zodiacal particular y los hábitos de entrenamiento aceptables. Listo. Ya estaba siendo ofrecida.

Mientras el algoritmo hacía lo suyo, yo debía hacer lo mío. Swipe a la izquierda sobre todo y varios otros swipes a la derecha. Es que ahora no tenía la presión de evaluar la viabilidad de nada ni me acobardaban las perfecciones físicas de nadie. Mis estándares eran pura estética y primeras impresiones.

Vive a 72 km: like.

No le gustan las mascotas: like.

Es libertario: like.

Es de Géminis: like.

Rápidamente las notificaciones se acumulaban. Tenía muchas coincidencias y la mayoría venían acompañadas de conversaciones. Muchos querían saber de mí o simplemente dejarme fueguitos, corazones, adjetivos calificativos sobre mis atributos físicos y varios otros tipos de ofrendas digitales.

Pasado ese fin de semana ya tenía más de 300 matches y decenas de conversaciones iniciadas que no estaba respondiendo. Algunos incluso volvían a escribir pese a la falta de respuesta, en soliloquios hechos de preguntas o suposiciones sobre mi silencio.

Un poco me divertía la situación y otro poco me molestaba. Jugar a ser deseable y comprobar que realmente lo era me extasiaba. Pero el contraste con la realidad que se imponía fuera de la virtualidad suponía un lugar bastante más angustiante.



Entre tanto avatar random apareció él.

Ya lo había pescado en otro contexto, pero ahora su impronta era distinta. Paulita lo reconfiguraba.

Él no se percató de que yo era ella ni de que ella era yo y pretendía armar un semblante mucho más glamoroso del que ya me había presentado a mí. Que era empresario, que tenía su propio emprendimiento, que manejaba sus horarios en soluciones térmicas.

Paulita no era como yo. Ella quería denigrarlo.

—Instalás aire acondicionado y afines, entonces.

El ego de él sangró.

—Es mucho más complejo que eso.

Enseguida quiso armar un plan de encuentro. Paulita puso sus condiciones de horario, lugar y un estándar alimentario. Él aceptó todas. Una nochecita temprano iban a ir a comer sushi a un lugar con vino blanco; él debía pasar a buscarla.

Mi cerebro explotaba de ira.

Él quería ver más fotos. Le pidió su perfil de Instagram. Ella se lo negó: no le gustaba sumar desconocidos a sus redes para que vieran su cotidiano.

Él aceptó esta condición también y le pasó su número de teléfono, despidiéndose con un:

—Voy a estar al pie del cañón. Escribime por WhatsApp y salimos.

Como Paulita nunca escribió, a las 36 horas volvió a interpelarla él por el chat de la aplicación de la llama:

—Hola, Pauli, ¿cómo estás?

Sin reclamos, pero con aparente interés.

Ella tardó más de ocho horas en responder brevemente un «bien, ¿y vos?», sin desarrollo, como si le cobraran por caracter escrito.

Esa actitud, lejos de espantarlo, parecía encantarlo. Multiplicaba las preguntas, desarrollaba autodescripciones sobre las que ella no había indagado.

Esta situación se repitió durante varios días, hasta que decidí eliminar el perfil.

Tenía unos cuantos aprendizajes y la paz de, a través de mi antítesis, haber dañado un poco el ego del inútil que alguna vez me había dicho:

«Sos linda, pero te falta un año de gimnasio».